El regreso a Malvinas “Sanador, fue sanador. Con Armando y el Negro Lucero en el 2012 volvimos. A los 30 años nos sacamos la misma foto con el Negro, en el mismo lugar. Cerramos muchas historia, lloramos mucho, recordamos, conocía mucho y andábamos solos, sin guía por toda la isla”.

“La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan”. Erich Hartman (29 de julio de 1922 –4 de febrero de 1999 ) fotógrafo estadounidense especializado en periodismo fotográfico.

Ahí anda Ulises entre nosotros, pisando las calles nuestras, de él, las veredas de su familia y de los recuerdos que lo acompañan por donde vaya. Ulises Monzón es uno de los veteranos de guerra de nuestra ciudad, con las islas tatuadas en el brazo y custodiadas en el corazón pero también es el fútbol en la vieja Cantina del Forastero o el recuerdo de algún torneo de la B que supo tener el fútbol nuestro o algún penal errado que pudo ser el del triunfo. Es nuestra historia. Junto a sus compañeros veteranos son un mojón brillante de la ciudad, acompañados por muchos tras un largo tiempo de ausencias, olvidos y menosprecio. Hoy son nuestros y somos más los orgullosos de tenerlos entre nosotros, porque siguen escribiendo la historia de la que formaron parte, venciendo al olvido en cada relato, en cada saludo. En cada presencia. Desde donde hablar de este tema, de una guerra fomentada por un general al que las leyendas urbanas de Concepción lo muestran tirado en zanjones de la ciudad, borracho, cuando fue efímero intendente. Pero no se trata de hablar acá. Se trata de escuchar.

La charla sale sola, casi sin preguntas. Desordenada, emociona por momentos, va para adelante y regresamos a otros lados, a otras aguas, lejanas, más frías que las dulces y mansas que nos cruzan apenas a cuatro cuadras: “Se hizo un daño muy grande, se desmalvinizó de entrada el tema. La historia va mutando. Nosotros empezamos a hablar para que no se pierda el tema, pero no nos creían. El primer gobierno democrático, el de Alfonsín nos machacó que teníamos miedo, que llorábamos, sacaban fotos de soldados con la heridas en la cara que no eran así, después nos dimos cuenta que era para desprestigiar a las FFAA”.

¿Como salieron ustedes, vos tus compañeros de ese lugar…?

Hicimos mucha terapia de grupo sin saber. Salíamos, con 25 años, a recorrer, a reunirnos, rescatando a los vagos que andaban medios perdidos. Eran asado, guiso, cerveza y a charlar y charlar y eso nos fue sacando. Nosotros hicimos un trabajo de 25 años. Nos duele porque hicimos un trabajo de 25 años para estar como estamos hoy, que nos reconozcan. Todo ese camino que nosotros hicimos nunca se vio. Cuando vieron que estábamos ahí aparecieron todos para colgarse de nosotros”.
Lo que el Estado debió hacer con nuestros veteranos de guerra lo hicieron ellos mismos, se protegieron, se mantuvieron unidos, buscando reconocimientos, laburos, sacando del medio a aquellos vivillos que usurparon uniformes que no le correspondían, como bien afirma Monzón “veteranos de guerra somos los que estuvimos ahí o en el mar y aire, en peligro. Hay que tener respeto porque todavía hay madres vivas y hay muchos compañeros muertos”.

Se acomoda en el sillón mientras va recordando. Esas imágenes pasaran como película una y otra vez, una y otra vez. Pero todo tiene un inicio.

¿Cuándo se enteran que van a Malvinas, a la guerra?

Estábamos en Tierra del Fuego haciendo la colimba y eso nos salvó porque conocíamos el clima. Armando Scevola, Aníbal Díaz, Ricardo Lucero (todos uruguayenses) y yo tuvimos una instrucción muy buena. Estábamos de ropa de civil para venirnos. El 18 de marzo la compañía anterior se va y nosotros esperando ahí, de civil, porque los aviones salían cada 10-15 días. Estábamos de civil ya esperando volver y el 2 de abril nos enteramos. Por la radio, como todos. En el primer momento pensábamos que era por el quilombo con Chile, porque ahora que recuerdo los colimbas que estaban en actividad salieron para la frontera así, rápido, de la mañana para la tarde y después más movimientos”.

Pero ustedes ya se venían…

Pero queríamos ir a Malvinas, veíamos que nuestros compañeros iban y cómo no íbamos a ir. Nosotros quisimos ir. Un oficial nos dijo si, esta bien, pero va a ver tiros, pero con cada veteranos que vos hables te va a contar una experiencia distinta, cada uno tiene en su cabeza historias. Había un oficial que me quería estaquear. Estaba contento porque los yanquis nos iban a ayudar y le digo: ¿pero usted no estudió historia?” y cierra sin dudar “Fue una causa digna pero fue mala también y los resultados están a la vista”.
Con Armando (Scevola) nos conocimos allá. Estuvimos juntos allá también a 100 metros de trinchera. Con el Negro Lucero nos conocíamos de acá y nos juntábamos a fumar, pensando que harían los locos amigos nuestros acá”.

Por si quedan dudas que querían ir, Monzón cuenta las dos historias de sus compañeros: “El Negro Lucero se fue dos días después. Dibujaba, hacía la cartografía y por eso le dijeron “usted se queda acá” porque era clave para la compañía que venia del norte, para hacerle los mapas por los chilenos. ¿Que hizo el Negro? se metió en la cola, le dejó los planos, todo, a otro ahí y fue. Akrich también fue así. Ya estaba acá y le dice al padre “yo me voy a presentar” y así fue”.

¿Cómo fue la rendición?

La rendición fue un alivio para todos. Habían muerto un par de compañeros, caída la Bahía de London. Por radio Carbe (uruguaya) nos enterábamos de eso, mientras las argentinas decían que “los soldados argentinos había entrado al agua para el combate”, ¡qué vas a entrar al agua, congelada! Ahí entramos a sospechar. La última noche soportamos tres ataques, ya con sesenta días dentro de la isla y ellos se iban turnando, cuando nos replegamos ya era de día, corriendo a la luz, bajo bombardeo nos guarnecimos en una montaña. Recién 25 años después supimos que era esa montaña que dejábamos. De repente silencio. El 14 de julio se para de golpe el bombardeo. A la hora llegó la orden. Se terminó. En fila todos para el pueblo….de una vereda nosotros y de la otra los ingleses, nos mirábamos, nos saludamos, una cosa de loco”.

La otra batalla

Monzón y los veteranos uruguayenses (y de todo el país) siguieron librando la batalla más feroz ya terminada la guerra. La del olvido y el ocultamiento para con ellos. Pero, curtidos por ese “monstruo grande que pisa fuerte”, se protegieron, se cuidaron entre ellos en las trincheras de la civilidad. “En el 89, ya trabajando en el Juzgado, me encuentro en un Banco con un compañero de Malvinas que era de San Salvador. A los abrazos, lo llamó a Armando y arrancamos, rescatando gente. Encontramos a uno en General Campos, vamos a verlo varias veces, en tren, a dedo, hablamos con el intendente y con una ordenanza que había promulgado acá Godoy le conseguimos laburo en el municipio de ahí. Otro en San Salvador, uno grandote, morocho, no me puedo acordar el apellido. Nos dicen que esta en un arrocera. Fuimos en un Fiat 1500 amarillo de Armando que le decíamos El Canario, que lo fundimos dos veces. Nos metimos entre el arrozal y por allá sale, mirando curioso quiénes eran los que venían, estaba en alerta. Cuando nos ve terminamos a los abrazos. Hoy esta con su familia, estudió, laburó y de esa, tenemos varias.

La charla va y viene, entre veteranos que aparecen acá y allá, la lucha contra el olvido, el olvido que muchas veces fue peor que las balas de los ingleses para muchos de esos entonces gurises, que regresaron y fueron haciendo su vida como pudieron, rodeados de indiferencia de muchos, sobre todo de cierto poder que los utilizó muchas veces. Y ahí salta el regreso. Oculto, olvidados, abandonados: “fuimos los últimos que salimos de Malvinas tras 11 días prisioneros. Fuimos en un barco a Bahía Blanca, de ahí a Tierra del Fuego, una semana de trámite y volvimos, con 300 pesos en los bolsillos. A las 12 del mediodía llegamos a Ezeiza y de ahí nos llevan a Constitución. Los porteños todos para sus casas pero nosotros quedamos ahí. Un comedor estaba cerrando pero cuando nos vio abrió de nuevo, pusimos plata entre todos, comimos. Nos vamos a Lacroze para tomar el tren para volver. Nos piden boletos y no nos querían traer porque no teníamos boletos, nos habíamos comido la plata. Le decíamos que veníamos de Malvinas, pero nada. Nos íbamos bajando en las estaciones para poder seguir”. Una de las tantas historias de rechazo que recibieron apenas terminada la guerra y que continúo después.

Ulises también cuenta del día a día, del bloqueo que sufrió hace una punta de años que lo llevó al psicólogo y al psiquiatra, quienes tendieron manos amigables en momentos oscuros “en el día a día te acordás siempre, siempre, por ahí te la reviven imágenes de la televisión, alguna noticia, pero es permanente”.

Sigue las palabras, que son sanadores como dice Ulises “hay que hablar, hay que contar todo”. Y ahí salta su viejo que “se murió sin saber que me pasó, murió en el 2002. Nunca me preguntó si había tirado un tiro o pasado frio, por decirte algo. Una vez, tomando mates con mi vieja en el patio de casa le dije porque papá nunca me preguntó nada” y la respuesta que recibió enternece por un lado “porque él creía que te ibas a poner triste”. Después de esa respuesta, entre mate y mate “le entro a contar y no me miraba, no me seguía con los ojos. Mucha gente cree que nos angustiamos y no era así, no es así. Hemos salido de todo esto con mucha entereza”.

Experiencias

Dos experiencias lo marcaron a punto de recordarlas hoy cuando la charla parecía irse hacia otro lado: “Una vez sentí algo raro, especial, diferente. Cuando vino el Papa me pasó. Yo soy creyente y tenía una buena relación con un capellán, aunque no soy de ir a misa. Pero cuando vino el Papa sentí que se había parado el mundo en la isla. Fue una cosa rara, linda y que nunca conté”.
La otra es más bella, casi como un comic dibujado por Chichoni en las viejas Fierro. “Ataque de avión. Voy bajando una de las montañas para ir hasta donde estaba Armando, que disparaba una de antiárea pesadísima, de la segunda guerra. Voy despacio, fusil al hombro, casco. Y escucho detrás mío el avión, vienen despacio para que les de tiempo a descargar, porque van casi a ras del suelo.

Y casi quedamos cara a cara. Hasta el día de hoy lo recuerdo al tipo, la cara, el casco, esos lentes que lo protegen. Nunca la quise contar. Con los años, en una feria en Chajarí trajeron al primer aviador que atacó la flota inglesa y dio aviso donde estaba la flota de ellos. En una exploración, cuando entra a Bahía San Carlos ve un helicóptero colgado y cuando va a disparar ve la flota, como diez barcos, entonces maniobra para esquivar al helicóptero, le pasa cerca y alcanza a ver la cara al piloto que hizo el gesto como para esperar el choque. Ahí le digo que te creo porque yo también le vi la cara”.

La charla sigue, se entremezclan los recuerdos, de uno y otro lado, porque por cada experiencia vivida por Monzón uno recuerda que había en esos momentos y todo se torna casi risueño, como una mueca irónica que refleja además una sociedad que vivía como si nada pasaba.

Nos arañaba el invierno acá, con un Mundial transmitido por teve en colores desde España “empezamos mal. Perdemos con Bélgica 1 a 0” le dijo un oficial apenas empezada la guerra. Era el ardor de abril, de mayo y de junio del 82’. Hasta el 14 de junio este país fue más asombroso que nunca en su historia y recordemos que llegamos a bombardear una plaza repleta de civiles, de vecinos, de laburantes.

Ahí anda Ulises Monzón, en cualquier barrio de la ciudad. Lo recuerdo en algunas canchas, apretado al alambrado como uno más, rodeado de muchos que no sabían su historia, con sus compañeros veteranos manteniendo Malvinas dentro de nuestro territorio, como nuestras que son. Con 19 años estuvieron allá, combatiendo. Hoy, todos rondando los 60, la defienden desde otro lugar, manteniéndola presentes, a Las Malvinas y a esos soldados nuestros, a los que entregaron su vida, a los que regresaron y no soportaron ese regreso repleto de abandono. Siguen apostando a recuperarlas desde otro lugar pero sin olvidar, respaldándose entre ellos, compartiendo ese pedazo de juventud con nuevas generaciones. En medio de eso, Ulises y los veteranos nuestros caminan la cuidad como todos, armando una Sala Museo, recuperando compañeros, alertas entre ellos por ellos. Y hablar, contar, contar siempre y escribir las historias, sus historias. Porque de eso se trata, contar para conocer a estos veteranos que siempre serán gurises en nuestros corazones.

Las fotos pertenecen al archivo personal de Ulises Monzón.

Nota publicada en el diario La Calle – 24 de octubre de 2021